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martes, 22 de marzo de 2016

LA TRAMPA DE MIEL Y LOS FINALES PERCIBIDOS

Imaginemos la escena:
Una pequeña aula con veinte alumnos y un profesor. Los pupilos acaban de salir de las mejores universidades británicas, son jóvenes todavía. El maestro les está mostrando un power point titulado EL ARTE DEL ENGAÑO: ENTRENAMIENTO PARA UNA NUEVA GENERACIÓN DE OPERACIONES ENCUBIERTAS ON LINE
El CGHQ es el equivalente británico de la NSA estadounidense, esto es, los servicios de inteligencia. Es una agencia de espionaje que se dedica sobre todo al control y la manipulación de las telecomunicaciones. 
Pero, ¿de qué va el curso?
Se trata de controlar la opinión en Internet, principalmente en las redes sociales: destruir reputaciones, elevar a unas personas y hundir a otras, hacer que unas compañías crezcan y otras se hundan en la Bolsa, etc... 
Piense por un momento el lector en sus creencias, en la gente a la que admira, en la gente a la que detesta, en sus opiniones morales, políticas o sociológicas. Piense el lector en todas las opiniones que se ha ido formando en los últimos años a través de los estímulos que ha ido recibiendo a través de los medios de comunicación e Internet. ¿Cree que son realmente suyas? ¿Acaso podría alguien haber puesto en su mente una semilla para que floreciese en su cabeza la opinión que otros deseaban inculcarle?
En el cursillo se emplean términos altamente inquietantes, como "Trampas de miel", término que define la acción de anular la reputación de una persona por medio de la difusión de imágenes comprometidas usando el sexo como cebo directo o indirecto (por ejemplo, filtrando la imagen de un rey cazando en África y descoñándose una cadera con la señora que tenía cerca). El documento detalla con una precisión escandalosa toda una serie de elementos para aniquilar la reputación de los objetivos: postear material falso en nombre del blanco, filtrar datos poco aleccionadores de su intimidad u opiniones personales, alterar sus fotografías de las redes sociales añadiendo datos o detalles escabrosos, etcétera y más etcétera...
También hay blogs o comunicaciones de víctimas falsas del blanco. De repente aparecen en las redes sociales personas anónimas o identidades falsas que no se sabe muy bien quiénes son difamando al "blanco". A veces no hace falta ser tan radical: basta con diseminar por las redes información negativa sobre el objetivo a abatir aprovechando la proliferación de blogs, foros o cuentas falsas de twitter o facebook previamente creadas. Todo por crear a toda costa un estado de opinión favorable a nuestros intereses. A menudo frases tan sencillas como "es un creído", "es un prepotente", "es mala persona" son suficientes para, si se repiten con la suficiente insistencia, provocar que sus conceptos sean asimilados por la masa (de eso sabían bastante los nazis). ¿Acaso no estamos asistiendo en España a ejemplos clarísimos de reiteración de conceptos antes nunca usados para adoctrinar a grupos sociales especialmente vulnerables y previamente seleccionados? (términos como "casta", "pantuflo", "naranjito", "radicales", "podemitas", "colauitas"... están a la orden del día desde uno y otro bando, y no de forma casual, que todo obedece a una estrategia).
Estamos ante una nueva forma de poder aprovechando la vulnerabilidad de todos y nuestra incapacidad de reaccionar ante una súbita cascada de difamaciones o exposición de la más vulnerable intimidad. En ocasiones no es necesario que el ataque sea público: basta con afectar al entorno más cercano de nuestro objetivo para alcanzar los objetivos deseados, positivos o negativos. 
Todos estos conocimientos se estaban impartiendo para la más alta élite universitaria en un documento revelado por Edward Snowden en sus famosos Wikileaks (de los que ya no se habla, como tampoco se habla del personaje, salvo, acaso, para referirse a si va a ser o no extraditado por presunto acoso sexual).  
El material didáctico para los nuevos ciberpedagogos es asombroso. También los conocimientos añadidos que reciben los alumnos: sociología, antropología, historia, psicología social, economía, ciencias políticas y redes sociales. Todo ello encaminado a una sola cosa: manipular la opinión pública. 
Fascinante es el énfasis que se hace en la gestión del control de la atención. ¿Qué es esto? Pues sencillamente dirigir la mirada pública hacia donde uno quiere y sacarla de donde uno no quiere. Por ejemplo, exponen una táctica que se denomina El movimiento grande oculta al pequeño, consistente en que, si está ocurriendo algo de relativa importancia que se quiere que pase desapercibido, hay que montar algo GRANDE que lo eclipse para que esa noticia pase desapercibida (por ejemplo: unos atentados terroristas para que no se hable de una legislación de muy dudosa legitimidad para negar el asilo político a refugiados de guerra que no se quiere acoger). 
Otro recurso es el de la fabricación de FINALES PERCIBIDOS. ¿Cuántas veces una historia fascinante que salta a todos los medios de comunicación se acaba de modo repentino y no se vuelve a oír hablar de ese tema? (por ejemplo, los vertidos radiactivos de Fukushima en el océano Pacífico). Si le das un final a la historia, la historia desaparece por completo. Pero si no le puedes dar un final, la teoría es todavía más inquietante: la repetición reduce el impacto. Si realmente quieres que algo deje de impresionar, repítelo constantemente. La primera vez indignará, la segunda irritará... la decimonovena será ruido de fondo.
CREAR ESTRÉS COGNITIVO Y CÓMO UTILIZARLO. Magnífico tema del power point que nos ocupa. Provocar que la población esté mal, que tenga miedo: se trata de generar miedos genéricos para  hacer más manipulable a la gente y más proclive a aceptar nuestras imposiciones o planes: por ejemplo dos rascacielos atacados en el centro de una ciudad por aviones kamikazes
Otro tema del curso: ¿CÓMO CREAR PERFILES CREÍBLES E INFLUYENTES EN LAS REDES SOCIALES? (¿Cómo se pueden crear los alumnos una ciberidentidad de bloguero influyente o periodista fiable, de tuitero creíble, etc...?). Pues eso también se enseñaba en el curso.
El que tenga interés en saber a qué me refiero, ese power-point está disponible en la red y se llama: EL ARTE DEL ENGAÑO: ENTRENAMIENTO PARA UNA NUEVA GENERACIÓN DE OPERACIONES ENCUBIERTAS ON LINE.
Lo pueden consultar AQUÍ.

domingo, 20 de marzo de 2016

EL LIBRO, LA PLUMA Y LA ESPADA

Llegó a mis manos hace algunas semanas el magnífico libro GUÍA PARA ENTENDER A PABLO DE TARSO, del profesor Antonio Piñero (*) y he quedado encantado con su lectura. Admito que pertenecía al amplio grupo de detractores del personaje, movido, como siempre suele suceder, por la ignorancia de mis prejuicios y la falta de información rigurosa a la que agarrarme para entender en profundidad al fundador del cristianismo para gentiles. El profesor Piñero, especialista en estos temas y con una cultura humanista indiscutible, resuelve por fin mis dudas y las de tantos y me reconcilia con la figura de San Pablo mucho más allá de lo esperado.
Procedo a plasmar aquí lo aprendido utilizando como referencia la obra arriba mencionada. Vayamos por partes.
Cabe destacar ante todo que el 99,99% de la concepción que los más de dos mil millones de cristianos que en el mundo hay tenemos de nuestro propio cristianismo religioso y cultural depende de la versión que ofreció Pablo de Tarso en sus cartas. Estamos, pues, ante un personaje monumental del que lo ignoramos todo, pero que nos hace ver el cristianismo y el mundo de una forma muy particular.
¿Qué sabemos de Pablo? Muy poco. Sabemos que al poco de nacer el movimiento de Jesús se lanzó furiosamente a perseguir a sus seguidores, aunque desconocemos por qué. Sabemos que en algún momento de su vida recibió una llamada de Dios que él no llama Conversión porque, evidentemente, San Pablo no podía convertirse a algo que no existía aún y que tenía que fundar previamente. Pablo nos dice que él fue llamado por Dios para proclamar la Buena Nueva a los gentiles, es decir, a los no judíos.
Los judíos, sabido es, se tenían a sí mismos por El Pueblo Elegido. Esto quiere decir que opinaban que se salvarían ellos y que los demás, de salvarse, lo harían en una especie de "salvación de segunda clase". En el incipiente cristianismo sólo había involucrados judíos y, dentro de los judíos, los había de dos clases: los que creían en Jesús y los que pensaban que Jesús era un Mesías falso porque había muerto en la cruz (Dios no dejaría nunca morir en la cruz al verdadero Mesías). Así pues, la llamada que recibe San Pablo es para decirle a la gente que él, que hasta ese momento perseguía a los seguidores del nazareno, por iluminación divina, sabe que Él tiene razón. Consecuencia grave e importante: si ha venido el Mesías, eso quiere decir que se ha iniciado la Era Mesiánica. Esto significa que el fin del Mundo está a la vuelta de la esquina. Y San Pablo lo afirma con rotundidad al pasar de ser un judío perseguidor a vivir su judaísmo en el Mesías.
Pero volvamos al personaje.
Su nombre era Saulo. En el capítulo 11 de los Hechos dice "Saulo que es Paulo". Y nada más. Y nada menos. Hay que leer entre líneas, obviamente.  El primer rey de Israel fue Saúl y Paulo, en latín quiere decir "pequeñito". Así, en la 1ª carta a los Corintios dice de sí mismo que él es el más pequeñito de todos los apóstoles porque el Señor se le apareció el último y además fue perseguidor de sus discípulos. Todo un acto de humildad. De llamarse Saúl, gran rey de Israel, a llamarse pequeñito, se significa todo un juego de palabras. De hecho, él se define a sí mismo como esclavo. La mayoría de los traductores optan por la palabra SIERVO, pero el término griego (las cartas de San Pablo están en griego) DOULÔS quiere decir "esclavo". Así pues, él se llamaba a sí mismo "el esclavo del Mesías".
Así, lo que sabemos en realidad de San Pablo viene a ser muy poco. En primer lugar porque de las 21 cartas que nos dejó, sólo 7 son de su puño y letra: 1ª a Tesalonicenses, Gálatas, 2ª a Corintios, 1ª a Filipenses, 1ª a Filemón y 1ª a Romanos. El resto están escritas por sus discípulos, cosa que los eruditos detectan en el vocabulario y el estilo, amén de que en ellas aparecen palabras nuevas, como Iglesia, Profecía o los cargos eclesiásticos. Se puede afirmar que en las cartas apócrifas del apóstol, éste ya ha muerto y es a todos los efectos una especie de maestro venerable.
Pero lo fundamental que nos descubre el profesor Piñero en su magnífico libro es que una vez que Pablo recibe su llamada de Dios y sabe que está en la época mesiánica, admite que el fin del mundo está cercano y parte todo ello de una interesante reflexión. Al parecer, San Pablo cae en la cuenta de que la promesa de Dios a Abraham es bastante críptica y más compleja de lo que se entendía en su momento. Entre los capítulos XII y XVII del Génesis, Yavé le dice al patriarca: te haré padre de un pueblo inmenso (el judío, tus hijos naturales), te daré una tierra que mana leche y miel (Israel, obviamente). Pero la tercera promesa, que aparece en el capítulo XVII añade: y además te haré padre de numerosos pueblos.
En la época de Pablo de Tarso los judíos entendían que Dios acabaría eliminando a la mayoría de los paganos y que los que sobreviviesen harían caso a su Dios, el cual se quedaría en Jerusalén para gobernar la Tierra. Israel sería la luz de las naciones y el resto del orbe quedaría mermado y respetando al pueblo de Israel. Pero Pablo afirma que esa no es la manera de entender la tercera promesa. Afirma que los profetas mantienen que muchos gentiles se convertirían al judaísmo de algún modo. Como dice Isaías: paganos se convertirán.
Y Pablo está persuadido de que para que el Israel de la época mesiánica llegue hasta el momento en el que el Mesías regrese con el Juicio Final, es necesario que Israel tenga tierra, pero no menos que un cierto número de gentiles se incorporen al judaísmo. ¿Cómo? A través del cristianismo.
Así es como se lanza a una alocada carrera para proclamar a los gentiles que estamos en el tiempo del Mesías y que aquellos que se incorporen a la fe del Mesías se salvarán también. El cristianismo ofrece para Pablo de Tarso un sistema de conversión al judaísmo que segrega al mismo tiempo que unifica. Y es que el pagano que se incorpore al judaísmo por Cristo podrá seguir siendo pagano, dado que no necesita hacerse judío, ni circuncidarse, ni cumplir las leyes de Moisés que afectan a la pureza de los alimentos ni a la pureza ritual para entrar en el templo. Es decir, ingresarán como paganos y así se cumplirá la promesa hecha por Yavé a Abraham, haciéndolo padre de numerosos pueblos. Porque si un pagano o gentil se convierte al judaísmo, se vuelve judío y entonces no se cumple la profecía. Es por ello que a través de Cristo el pagano no perderá su identidad, estando únicamente obligado a cumplir la ley que es universal para todos los creyentes: el Decálogo.
Dios le revela, pues, a Pablo que la ley de Moisés tiene una parte universal para todos y otra exclusiva para el Pueblo Elegido. Y este pensamiento, que es el núcleo central del dogma de Pablo de Tarso, es una gran revolución.
Así pues, el doctor Piñero sostiene que la teología de Pablo viene a ser una bomba porque acepta de lleno la convivencia de hermanos en Cristo con tradiciones distintas, siendo que su mensaje fue malinterpretado, especialmente desde el siglo XVI y muy concretamente por los luteranos, quienes mantuvieron que Pablo había abjurado del judaísmo.
Se llega así a la conclusión novedosa de que el principal y más olvidado mensaje de Pablo es que judíos y cristianos no tienen por qué matarse ni odiarse, al contrario: son complementarios y se necesitan.
Con respecto a Pablo y su trato hacia la mujer, tan distinto del de Jesús, el doctor Piñero nos lo aclara también. En primer lugar, dejando claro que Pablo es un hombre de su tiempo, un tiempo en el que ni siquiera los estoicos defendían a las mujeres o a los esclavos. En segundo lugar, aclarando que en las página de Pablo podemos encontrar impresionantes reivindicaciones de la igualdad entre hombres y mujeres EN LA FE DEL MESÍAS. Otra cosa es que admita que hombre y mujer deban tener los mismos roles en la sociedad, si bien no deja de afirmar que en lo importante la igualdad es absoluta. No deja de ser cierto que en las comunidades cristianas primigenias, las mujeres eran patronas y benefactoras, evangelizadoras y hacían todas las funciones de los varones. Otra cosa es cuando las comunidades crecieron y empezaron a pasar de ser una pequeña comuna de treinta o cuarenta individuos reunidos en una casa particular a convertirse en grupos de ámbito público, que es cuando de verdad empiezan los hombres a mandar. En la Antigüedad el hogar era el ámbito de las mujeres, siendo el social propio de los varones. A eso le añadimos que los párrafos más controvertidos no se le pueden atribuir a él, sino a otros autores posteriores, entre ellos el tal Lucas, que no sabemos a ciencia cierta quién fue, quizás el mismo autor del Evangelio de Lucas y que queda definido como un médico que acompaña a Pablo.
En lo que respecta a los tres objetos asociados a Pablo, a saber, el libro, la pluma y la espada, los dos primeros hacen referencia a que es el único apóstol del que sabemos que dejó escritas cartas. La espada hace referencia a que sufrió martirio por ella en la persecución neroniana del 64. ¿Acaso la muerte por espada nos indica que Pablo de Tarso tenía la ciudadanía romana?
GUÍA PARA ENTENDER A PABLO DE TARSO, una obra de Antonio Piñero que recomiendo vehementemente para que cada cual clarifique su postura hacia este personaje tan importante en nuestra historia filosófica, religiosa y hasta jurídica.

Antonio PIÑERO, Guía para entender a Pablo de Tarso. Una interpretación del pensamiento paulino, Editorial Trotta, Madrid, 2015, 576 pp. ISBN: 978-84-9879-586-8
ANTONIO PIÑERO (Chipiona, Cádiz, 1941) es catedrático de Filología Griega de la Universidad Complutense de Madrid, especializado en lengua y literatura del cristianismo primitivo.
Es autor e escritor de numerosas obras en el ámbito del cristianismo y judaísmo. Junto a su prestígio internacional como investigador, destaca su faceta de comunicador, atestiguada por millones de personas.
En sus escritos, así como en sus intervenciones en televisión y radio, su determinación, dinamismo, y sobre todo la pasión que transmite, otorgan un fluir único a su mensaje.

jueves, 3 de marzo de 2016

REFLEXIONES SOBRE LA EVOLUCIÓN DE LOS MIEDOS ATÁVICOS

El demonio no siempre ha sido rojo, con cuernos y tridente. De hecho, hubo dos demonios simultáneos durante siglos: el rojo, que era más humanoide, forzudo y grandote, y el verde, entre reptiliano e insecto, con una cara muy grotesca y una constitución física más ágil, veloz y predatoria.
Sin embargo, hasta hace mil años el diablo no era ni verde ni rojo. Que sepamos, la primera representación que se hace de un diablo con garras y cuernos se remonta al siglo XII y la perpetra un monje llamado Hernán el Recluso. A lo largo del siglo XIII, el demonio va adquiriendo las alas, garras, su característico color rojo y los cuernos. A mediados del siglo XV los europeos adquieren ya una representación estereotipada. Los dos modelos de demonios, el verde y el rojo, conviven como convención hasta el siglo XVIII. Es a partir de la Revolución Francesa cuando la gente va perdiendo el miedo al demonio y éste se vuelve jocoso. La imagen de peligrosidad se desvanece y paulatinamente deja de inquietar. Sin duda, con las luces aparecen nuevos temores y se entiende que muchos de los terrores antiguos eran el resultado de la superstición. A partir del Romanticismo se empieza a hablar de gente brillante que tiene pactos con Lucifer. Se asocia el talento al demonio, es curioso. Un claro ejemplo nos lo ofrece el músico Paganini, cuyo virtuosismo y destreza le permitían hacer prodigios con el violín que nadie comprendía. Él mismo fomentaba su leyenda anunciándose como el Violinista del Diablo. Esta actitud condujo a que, a su muerte en 1840, las autoridades eclesiásticas se negasen a enterrarlo, permaneciendo su ataúd durante décadas en un almacén hasta que por fin se le dio sepultura en Parma en 1876.
En el plano de la iconografía moderna, tenemos, dentro del cine, una evolución que podríamos decir va desde el impresionismo alemán, que refleja demonios muy insertos en las tradiciones románticas y medievales, a una paulatina relajación de su imagen que podríamos incluso fechar. El Señor de las Tinieblas de LEGEND (1985) es la última representación hasta hoy de un demonio arquetípico en Occidente. En EL CORAZÓN DEL ÁNGEL (1987), el demonio es un señor elegante que se llama Lu Cypher, pero que por la calle todos confundiríamos con Robert de Niro. Una década después, Al Pacino se mete en el papel demoníaco y nos ofrece, en PACTAR CON EL DIABLO (1997) una imagen de un diablo con un estatus social tremendamente positivo, rodeado de todo tipo de placeres y con una profesión muy peculiar: abogado. El gran salto se da, para mí, con LA NOVENA PUERTA (1999), donde el demonio ya es directamente una chica guapísima, lo mismo que en AL DIABLO CON EL DIABLO (2000), donde ya Lucifer se mete de lleno en la comedia, aunque no tanto como el simpático demonio de la serie de dibujos animados POLLO Y VACA, también de los años 90). Pero ¿dónde quedaron las convenciones de aquel demonio medieval con garras, rojo o verde? ¿Se perdió? En absoluto. Ni tampoco en el cine: el extraterrestre de ALIEN, EL OCTAVO PASAJERO (1979) reúne todas las características del diablo verde (garras, fauces, color, agilidad, aspecto de reptil...). Sin embargo, ya no es un demonio propiamente dicho, sino un extraterrestre: el disfraz de demonio queda para las despedidas de soltera, el carnaval y distintos muñecos infantiles o emoticonos. Satán se nos ha vuelto prescindible, le hemos perdido el miedo, y el atavismo ha ido hacia los extraterrestres.
Lo mismo sucede con los elfos, duendes y gnomos. Ese aspecto grotesco, ni bueno ni malo, incordiante, de nariz prominente, orejas grandotas y anatomías risibles que podríamos dividir en buenos cuando tienen rasgos humanizados e infantiloides y malos cuando su aspecto es calvo, de orejas muy puntiagudas, cuatro dedos en cada mano y extremidades muy delgadas. Ese arquetipo, digo, no se pierde: también evoluciona hacia los extraterrestres; hacia los grises, concretamente. 
¿O es que acaso los grises no son duendes? Yo creo que sí, que son una derivación del fenotipo clásico hacia una imagen más futurista, sin orejas ni pelo y con ojos enormes, pero que conservan el cuerpo huesudo y la macrocefalia. Un argumento a favor de esta afirmación la encontramos en 1311, cuando Alonso de Valladolid, en la Corte de Alfonso XII de Castilla, escribe el TRATADO CONTRA LAS HADAS (Biblioteca de El Escorial). En dicha obra, el sabio medieval ilustra al público acerca de determinados fenómenos y previene a las gentes contra magos de aspecto sospechoso que acechan en bosques, cuevas y grutas, donde secuestraban a personas y se las llevaban consigo para someterlas a pruebas físicas de encantamiento y experimentos alquímicos. ¿Estaba Alonso de Valladolid describiendo abducciones? En toda regla. Aunque la imagen del gris no se consolida en la cultura popular hasta la serie televisiva EXPEDIENTE X (1993) homogeneizando un arquetipo que todos reconocemos.
Dicho de otra manera, los demonios clásicos del medievo los hemos humanizado e integrado en la sociedad para perderles el miedo, hemos infantilizado sus rasgos para borrar de nuestra imaginación su peligrosidad y los hemos integrado en un folclore lúdico. Y la carga negativa de nuestros miedos atávicos, que permanecen invariables desde hace miles de años, la hemos trasladado hacia seres reptilianos o visitantes de dormitorio, que asumimos de origen extraterrestre porque, al adoptar una laicidad de pensamiento, le estamos dando la espalda a todos los paradigmas de entes positivos y negativos que la religión nos estuvo explicando durante siglos.

sábado, 27 de febrero de 2016

LOS REPTILIANOS: UN MITO MUY MODERNO

No es poca la literatura que gira en torno a que unos seres reptilianos procedentes de un ignoto mundo, el Planeta X o vaya usted a saber dónde, llegaron con sus naves espaciales a la Tierra, primero para explotar sus recursos naturales, después para perpetrar experimentos genéticos con los primeros homínidos y crear así al Homo Sapiens y, finalmente, para someternos y manejarnos a su albur. Afirman los eruditos del tema que en realidad somos sus esclavos, que ellos nos gobiernan en la sombra y que estamos a su merced. Eso y que es cuestión de tiempo que se manifiesten abiertamente para implantar el Nuevo Orden Mundial. Incluso no faltan quienes afirman que algunos ya están al frente del Fondo Monetario Internacional y del Club Bilderberg. Suelen estos seres inquietantes recibir el nombre de Anunnaki y consta que fueron los fundadores de las antiguas civilizaciones mesopotámicas. Según estos hachas de la Historiografía moderna, es tal la abundancia de pruebas irrefutables que sorprende que no nos hayamos percatado antes de su existencia, ya que templos acadios, asirios y babilónicos están cuajados de representaciones de seres antropomorfos de clarísimos rasgos reptiloides. Además, prueba de que se trata de un fenómeno global y garantizado es que en la antigua China ya se veneraba a los dragones, en la Creta Minoica había sacerdotisas que bailaban con reptiles en las manos, en el Ática hubo culto a ofidios... e incluso aztecas y mayas tenían dioses-serpiente.
Serpientes y más serpientes. Serpientes por todas partes, vaya. ¿Cómo explicar la omnipresencia de la veneración ofídica en todas las culturas si no? Bueno, en realidad hay dos explicaciones plausibles. La menos lógica es que las serpientes, por ser peligrosas, se asocian en cualquier cultura al mal (el diablo tentando a Eva). En cualquier cultura que las conozca, claro, porque los esquimales no las tienen en cuenta. Es un hecho etnológico que las sociedades siempre desplazarán la carga negativa de su repertorio de fobias hacia puntos y seres desagradables y, siendo evidente que a los mamíferos nos disgustan insectos y reptiles porque no pertenecen a nuestro orden animal y por eso generalmente no los comemos, no es raro que las serpientes ocupen un lugar inquietante en nuestros mitos. Otra explicación es la ya ofrecida de los Anunnaki, mucho más lógica al parecer.
Pero a poco que analicemos los entresijos del tema, el mito se desmorona como un azucarillo en agua. No, amigos, los reptilianos, que parece que siempre estuvieron ahí, no tienen ni cincuenta años de vida en nuestro repertorio de atavismos.
Sin embargo su verdadera historia es mucho más interesante que la oficial.
En 1855, unos científicos descubren en Norteamérica el fósil de un bicho muy inquietante que vivía alegremente entre dinosaurios, allá por el Cretácico superior. Era bípedo, como los velocirráptores; tenía visión frontal, como los mamíferos, y capacidad prensil con las extremidades superiores, como los homínidos. Pero es que además tenía plumas, como los pollos, y también garras poderosas, dientes afiladísimos, fortísimas patas traseras... ¡y dos metros de envergadura! Era el depredador perfecto. Lo llamaron Trodoon y entendieron que explicaría de algún modo que, grosso modo, las aves son descendientes de los dinosaurios.
Cada vez que el ser humano realiza hallazgos que solucionan sus lagunas de conocimiento, no es extraño que un grupo de intelectuales tomen las ideas subyacentes dentro de esos descubrimientos para desarrollar sus propias fantasías artísticas. Ocurrió con El origen de las especies de Darwin, que llenó la prensa londinense de monos tricotando, y también sucedió con el hallazgo el Trodoon. Cabe recordar que el XIX fue el siglo de los grandes avances científicos y que el maquinismo y los constantes descubrimientos en todos los campos inspiraron a artistas de toda índole, tanto en la nostalgia por tiempos más sencillos y legendarios (el Romanticismo) como en la ilusión por lo que el futuro nos podría deparar con la electricidad y sus posibilidades. Surge así El pueblo del polo, una novela de Charles Derennes muy en la línea de Julio Verne, que bebía de dos manantíos muy sugestivos. Igual que el aragonés Enrique Gaspar y Rimbau se adelantó a H.G. Wells en los viajes en el tiempo, Derennes hizo lo propio con respecto a Edgar Rice Burroughs en eso de inventarse inteligencias no humanas que interactuaban con el ser humano. Básicamente, su novela nos cuenta cómo una expedición llega al Polo Norte en dirigible y entra en contacto con una civilización de seres reptiloides que vivían allí escondidos bajo el hielo. La idea del viaje aerostático la tomó el francés de una expedición sueca fallida que había tenido lugar en 1897 y la de los reptiles evolucionados, del Trodoon norteamericano (si un dinosaurio había evolucionado hacia el ave, ¿podía otro dinosaurio evolucionar hacia un antropomorfo inteligente?).
Dale Russell retomó la idea a principios de los años 80 desde un punto de vista mucho más científico y se preguntó qué habría pasado con el Trodoon si no se hubiese extinguido y llegó a la hipótesis del Dinosauroide. El planteamiento no era en absoluto disparatado y fue revolucionario: la civilización no derivaría tanto de la capacidad de pensar como de la de manipular, construir o hacer cosas. Seres inteligentes como los delfines o las ballenas no han podido evolucionar hacia sociedades complejas porque una inteligencia sin bipedismo, visión frontal y capacidad prensil resta posibilidades. Sin embargo, si el saurio depredador que, al igual que el hombre, ya tenía mirada frontal y capacidad prensil, hubiese evolucionado unos millones de años más, ¿por qué no podría haber desarrollado su cerebro y evolucionado hacia un ser bípedo civilizado? 
Nuestro chovinismo antropomorfista no es caprichoso: somos el resultado de una lenta y perfecta evolución. Es cierto que para que a una inteligencia le demos un cierto valor, ésta tiene que ser parecida a nosotros porque sus especímenes tienen que adquirir nuestras cualidades de cazador-depredador. La vista frontal nos permite calcular distancias y sincronizar puntería y movimientos; el bipedismo nos deja libres las extremidades superiores; la capacidad prensil nos permite la sujección de objetos, pero también su manipulación. La lenta evolución que nos adapta al entorno ha de hacer el resto.
Fue tal el calado del planteamiento del doctor Russell, quien llegó a fomentar exposiciones en las que mostró al mundo unos saurios de estación vertical cazando y recolectando por las sabanas de África, que Hollywood no tardó en interesarse por sus teorías. Y de ahí salió la serie más inquietante de la historia de la televisión que vino a llenar una laguna cultural existente entre la sociología de los extraterrestres y la necesidad de que fuesen lo suficientemente distintos a nosotros como para plantear conflictos de intereses. La peligrosidad siempre radica en dos factores: una superioridad evidente, intelectual o tangible, y una diferencia física apreciable y terrorífica. V, con sus reptilianos altotecnológicos ocultándose bajo una apariencia humana para hacer de la Tierra una granja, acaparó todos los paradigmas culturales de la conspiración extraterrestre.
Sin duda, el éxito más notable de la creación de criaturas sobrenaturales del siglo XX fue esta serie. El reptilianismo creó, a partir de la misma, toda una tendencia que no existía en décadas anteriores salvo, acaso, por el libro arriba mencionado de Charles Derennes y quizás por otra novela de Edwar Bulwer Lytton, autor de Los últimos días de Pompeya, quien escribió La raza venidera, una obra con muchos tintes arios e hinduistas en la que una raza subterránea de reptilianos suplantaba al ser humano. De hecho, los autores de V se basaron en ambas novelas para evocar esa civilización de militares extraterrestres con estética nazi que venían a dominar la Tierra y a convertirnos en el ingrediente principal de sus Máster Chefs. La resaca sociológica de la Segunda Guerra Mundial (que todavía nos dura), la necesidad de buscar un nuevo y temible enemigo antropomorfo en la ficción (los extraterrestres convencionales de los 60 se habían vuelto hippies y sólo hablaban de paz y amor mientras nos prevenían sobre los peligros de la energía atómica) y nuestra monótona y previsible estructura de pensamiento hicieron el resto.
En breve hablaremos de la iconografía del mal y de cómo la acabamos desnatando siempre y por sistema. Sirva de anticipo afirmar aquí que el futuro inmediato de los reptilianos es, sin duda, convertirse en seres entrañables y divertidos como ya ha ocurrido con los demonios, los elfos y los alienígenas cabezones. Al tiempo.

miércoles, 24 de febrero de 2016

ESPAÑOLOGÍA DE LA CASTA

Pues es que resulta que es una palabra castellana. Castellana española. Española peninsular. Autóctona y exportable, vaya. Merecía la pena dedicarle una españología a nuestra actualísima amiga la casta. Resulta que Joan Coromines, en su Diccionario Crítico Etimológico de la lengua castellana (Madrid 1954), defiende para la palabra de marras un origen germánico. Otros autores, los más, se inclinan por una derivación del latín. Y tiene su lógica. Acaso la casta tenga que ver con vocablos latinos como castus y castitas. La palabra castus, además de una significación en términos amatorios y por lo tanto biológicos, y de que se relacione con el pudor y la castidad (castitas, sobre todo en la mujer), tiene una acepción ética (de pureza, integridad, virtud) y las dos se unen a otra acepción, religiosa, que hace que lo casto sea sinónimo de pío y santo. Justamente, todos estos valores andan asociados al perfilarse la noción de casta en lengua castellana o portuguesa y aun en otras peninsulares, incorporándose incluso al euskera, que ya a principios del siglo XX, en los pueblos de la frontera de Navarra y Francia por la parte del Bidasoa, a los carabineros y a sus familiares se les llamaba ELTZETZUAK (los del puchero - ELTZIA) y se aludía a los mismos como ELTZETZU KASTA. De la misma época es el tan usado y nada peyorativo término "castizo" en los Madriles.
Habría que indicar que, cuando en español o portugués, se hace referencia a la casta, la hay, unas veces, implícita, a cierta calidad buena o a una falla del linaje o del fruto de éste, sea vegetal o animal. Y, así, se habla de una buena o mala casta. Por lo que PODEMOS afirmar que la palabra CASTA no es, en sí, peyorativa, si la utilizan personas que saben qué idioma manejan (o qué intenciones gestionan).
Mas, por otra parte, el concepto de que la casta es algo que se transmite por herencia, referido a los hombres, y tan manido entre los totalitarismos, se une a la noción de que herencia semejante se funda en peculiares antecedentes religiosos de los mismos hombres, los cuales son los que hacen que se produzca la bondad, la superioridad en unos casos, y la inferioridad y la maldad en otros. Dicho más claro: cuando aludimos a una casta en tono despectivo es sistemáticamente porque entendemos que nosotros somos otra casta, la buena.
Se explica así que los portugueses, cuando se encontraron frente a la organización social de la India, que es única en el mundo, que no es susceptible de ser equiparada a otra alguna, caracterizaran el enorme sistema de que era difícil dar descripción justa, utilizando la palabra "casta" que es la que podía hacer referencia global a lo más parecido que conocían. Y si bien la palabra resulta adecuada como adjetivo, al describir los grupos sociales de aquel país, resulta dificultoso utilizarla como un nombre sustantivo. Y sin embargo es lo que se hace. Desde 1516 la usan los portugueses con este fin y, detrás de ellos, los españoles, italianos, franceses, ingleses y alemanes.
Resulta, pues, importantísimo reafirmar que la palabra CASTA tiene un origen peninsular, que no es fortuita su adopción por pueblos que luego han tenido mucho trato con la India, como los ingleses, y que el uso peyorativo implica siempre, siempre, siempre la aceptación de que el hablante pertenece a otra superior, de índole más bien religiosa o mística, como los arios que votaban a Hitler, vaya.
Pues eso.

lunes, 22 de febrero de 2016

ESPAÑOLOGÍA DE GALENOS: EL DOCTOR VELASCO

Releyendo las memorias inacabadas de mi tío tatarabuelo, el premio Nobel de Literatura don Jacinto Benavente, encuentro una alusión a un hecho luctuoso que resulta un buen ejemplo dentro del inmenso anecdotario de la España negra de finales del siglo XIX. Creo que merece la pena contarlo.
El padre de don Jacinto fue un prestigioso galeno murciano que prestaba sus servicios en la capital como pediatra tanto entre la gente más pudiente como entre la más humilde e incluso los niños abandonados en orfanatos. Era tal su fama y buen hacer que sus colegas de profesión no dudaban en consultarle en todo lo relativo a la salud de sus propios hijos. Tal ocurrió cuando Conchita, la hija del doctor anatomista, don Pedro González Velasco, íntimo amigo de la familia Benavente, padeció unas fiebres tifoideas. Don Mariano, el patriarca de los Benavente, le prescribió a la niña un reposo absoluto y al padre mucha paciencia. No obstante, al doctor González Velasco, no pareciendole el tratamiento suficiente y con don Mariano muy en contra de su criterio, decidió suministrarle a Conchita unos fuertes purgantes que le provocaron una hemorragia interna y la llevaron directamente a la tumba. El padre de don Jacinto, roto de dolor, aunque no tanto como su colega, no se atrevió a discutir más con su compañero y amigo. El otro, devastado por la pérdida, nunca volvió a frecuentar la amistad de don Mariano, más por vergüenza por no haber confiado en él que por orgullo.
El caso es que, y aquí viene lo escabroso, el doctor, enloquecido totalmente por el dolor, pidió que se embalsamase el cuerpo de su hija, lo que dio lugar a un montón de rumores en aquel Madrid decimonónico que involucraron no sólo al padre sino también al prometido de la tal Conchita. 
Se comentaba que el doctor Velasco encargaba vestidos y joyas para su difunta niña, que la sentaba a la mesa en las comidas e, incluso, y esto es lo más truculento, se llegó a afirmar que el doctor Velasco junto con el doctor Núñez, a la sazón el prometido de Conchita, la sacaban de paseo todas las noches en un carruaje. Y así hasta que el padre de la muchacha falleció, momento en que da comienzo una nueva leyenda en torno a los restos de esta muchacha que, en teoría, fueron enterrados junto a los de su padre en el cementerio de San Isidro. 
Sin embargo, se dice, se cuenta, se comenta, que el doctor Núñez, prometido de Conchita, que tampoco había superado su prematura muerte, se quedó con la momia y se la llevó consigo a la facultad de medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Y si bien estos hechos no están comprobados oficialmente, sí que hay un dato curioso que merece la pena destacar. Resulta que en dicha facultad hay una sala en la que se conservan cuerpos para los estudios anatómicos del alumnado y se afirma que, entre ellos, existe la momia de una joven, una mujer de pequeño tamaño, que, desde siempre, doctores y estudiantes que allí trabajan han llamado "la hija del doctor Velasco", y como tal está etiquetada, no sabemos si en broma o en serio. En cualquier caso se cuenta que, cuando murió el padre de Conchita, su prometido, el doctor Núñez, cogió el cuerpo momificado y se lo llevó a la facultad, donde lo mantuvo semioculto. Incluso, alumnos del doctor Núñez llegaron a afirmar que éste bajaba de vez en cuando a la sala en cuestión y que allí pasaba largas horas; eso y que cuando abandonaba el lugar, lo hacía consternado y con los ojos congestionados como de haber estado llorando. 

viernes, 19 de febrero de 2016

CONTROL DE IDEAS Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN UNA CATETOCRACIA


El himno de la República Democrática Alemana se llamaba "Renaciendo entre las ruinas". Y si bien ambas Alemanias han terminado poco más o menos por renacer de las cenizas, con el alguacilazgo de mandarines de la moneda única (léase Kohl) y walkirias claustrales (ya sabemos a quién me refiero), la Oriental cayó en la más absoluta ruina moral y ética.
En 1950 se creó la Stasi (Ministerio de Seguridad del Estado), posiblemente el órgano represivo más eficaz, duro y despiadado de todos los tiempos. Un órgano que duró 40 años. El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín, pero la Stasi no desapareció hasta el año siguiente.
La Stasi sabía qué marca de tabaco fumaba cada ciudadano de la RDA, cuál era su comida favorita, quiénes eran sus amigos y sus enemigos, sus gustos sexuales... y todo ello porque había una red de amigos, familiares, vecinos, encargados de informar puntualmente al ministerio (los llamados IM o Colaboradores Confidenciales). Sumaban 300.000 (uno por cada cincuenta alemanes del Este); se dedicaban a pasar puntualmente, día a día, semana tras semana, informes sobre sus compañeros de trabajo, vecinos, familiares, amigos. Todos esos informes se tabulaban en la sede del ministerio.
Cada ciudadano tenía su expediente, que en caso de ser necesario, estaba a disposición de los funcionarios gubernamentales. Así, cada ciudadano fue clasificado en función de sus gustos, preferencias políticas o sexuales, culto, cultura, aficiones, etc... Incluso, cuando la policía llamaba a los ciudadanos a un interrogatorio, los sentaba en asientos sobre los cuales eran depositados unos trapos húmedos que "capturaban" el olor corporal de las personas por si era necesario utilizar a los perros para perseguirlos.
Afortunadamente esos tiempos han pasado y ahora nadie puede clasificar a nadie con tanta facilidad, si hacemos la salvedad de Internet, claro, y el rastro que dejamos en nuestras navegaciones por el ciberespacio así como esos tests simpáticos que nos proponen averiguar lúdicamente qué princesa Disney somos o qué personaje de Juego de Tronos nos corresponde. Sin duda, y como decía la zarzuela, hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, y ya no es necesario amedrentar al ciudadano ni hacer que se sienta sometido a una dictadura para conocer absolutamente todo sobre él o ella. Llegado el caso, arribado el momento, grandes bases de datos, altotecnológicas siempre al servicio de esos depredadores disfrazados de demócratas y sus generales, harán con un "click" su trabajo para reprimirnos, exterminarnos, reclutarnos o someternos. Ya no hace falta meternos miedo para que agachemos la cabeza (la llevamos agachada a diario con el smartphone). Tampoco es preciso amenazarnos para que delatemos a nadie (sobra con facilitarnos el acceso a internet, pues nuestro egocentrismo y vanidad hará el resto). Ya no hay tarros ni estanterías kilométricas. Tampoco opinión (creemos que opinamos, pero otros ya decidieron por nosotros el punto de vista que debemos adoptar). Hemos llegado a los mundos temidos/imaginados por Huxley, Orwell, Bradbury y otros... que temían (fíjate tú) la amenaza del nazismo y el comunismo. Bueno, pues ahora resulta que no eran necesarios. Con el "panem et circenses" romano sobraba: sólo había que adaptarlo a los tiempos. Por eso debemos desconfiar de aquellos que quieren ayudar a formar gobiernos y, tras haber clamado por determinada estandartología social, ahora andan pidiendo ministerios insólitos. ¿El ministerio del tiempo, quizás? Ayayayayayyyyyyyyy
Nota: podéis visitar el museo de la Stasi en la calle de los Normandos de Berlín si tenéis ocasión. Tras sus muros hay 180 kilómetros de expedientes de ciudadanos de la antigua RDA.

martes, 16 de febrero de 2016

MANUELA CARMENA, UN CATALÁN CACHONDO Y LA ESPAÑOLOGÍA DE LA BLASFEMIA

Cuenta Luis Carandell en uno de sus magníficos recopilatorios de anécdotas que allá por abril de 1982 recibió una carta del abogado Miguel Cid Cebrián anunciándole que le había propuesto como perito, en su condición de escritor, para un juicio por blasfemia. La vista debía celebrarse en el juzgado de San Lorenzo de El Escorial y el procesado era un concejal de Alpedrete, un pueblo de la sierra de Madrid. Adjunta, el letrado le enviaba al periodista barcelonés las diligencias del Ministerio Fiscal en las que se narraban los hechos. El tema venía a ser que, celebrando el Ayuntamiento de Alpedrete sesión pública en fecha tal y cual, se originó una discusión entre dos concejales durante la cual uno de ellos, el acusado, se levantó y a voces dijo "me c*** en Dios", frase que provocó la inmediata y airada reacción de los allí presentes, lo que obligó al alcalde a suspender la sesión y requerir el auxilio de la Guardia Civil par despejar el salón de plenos.
El abogado había designado a otros dos peritos para el mismo juicio y propósito: el sociólogo Francisco Álvarez Alonso Torrens y el teólogo Benjamín Forcano. En el día y hora señalados acudieron los tres, igual que lo hicieron los testigos, y fueron llamados uno a uno a presencia de la señora juez de San Lorenzo de El Escorial, una de las primeras mujeres que llegaron en España a ejercer la judicatura, doña Manuela Carmena, quien ya era conocida en los medios porque había pertenecido al famoso despacho de abogados de la calle de Atocha, de tan triste recuerdo. Revestida ahora de la autoridad, bajo el gran tapiz con las balanzas de la Justicia, se disponía doña Manuela a juzgar un supuesto delito de blasfemia promovido por el Ministerio Público.
Carandell, don Luis, fue el último de los peritos en ser llamado para hacer su expertizaje, por lo que no oyó los de Torrens y Forcano, aunque sí las declaraciones de los testigos llamados a continuación. Apenas comenzó su comparecencia, el abogado defensor, Cid Cebrián, le preguntó después de pedir la venia a la juez:
-Señor perito, ¿conoce usted el motivo por el cual el Ministerio Público procesó al acusado?
-Lo conozco, señor letrado.
-En este caso sabe usted, señor perito, que la frase que el acusado pronunció y que el señor fiscal considera como constitutiva de delito de blasfemia fue "me c**** en Dios"
El fiscal protestó:
-La pregunta es improcedente, señoría. Ruego que conste en acta mi protesta.
La juez, que hasta el momento había permanecido en silencio, respondió:
-No es improcedente, señor fiscal.
Y dirigiéndose a Carandell, le dijo:
-Por lo tanto, queda claro que usted, señor perito, sabe que de lo que el Ministerio Fiscal acusa al señor concejal de Alpedrete es de hacer dicho, durante la sesión del consistorio cuya fecha consta en diligencias, la frase "me c*** enDios"?
Refiere Luis Carandell en su anecdotario  que durante el peritaje tanto el abogado de la defensa como la propia juez recordaron al señor fiscal no pocas veces, ante sus protestas, la frase malsonante que él como perito estaba llamado a valorar. Basó el periodista barcelonés su expertizaje en la idea de que siendo España un país de honda tradición religiosa, el nombre de Dios era con frecuencia mencionado e invocado en el lenguaje coloquial. No solamente se dice, en efecto, "si Dios quiere", "gracias a Dios", "vaya usted con Dios" o "Dios mediante", sino que también el nombre del Sumo Hacedor surge en frases aparentemente menos respetuosas aunque igualmente inocuas, tales como "que venga Dios y lo vea", "no hay Dios que haga tal cosa", "no ha venido ni Dios" o "está como Dios".
En el tipo de expresiones que el fiscal juzgaba como blasfema, continuó razonando don Luis como perito, que son frases hechas que, si bien deben considerarse sin duda malsonantes, no pueden constituir blasfemias en el sentido del código porque el que las pronuncia no da jamás a la frase un significado literal ni piensa en ningún momento en el nominal destinatario de la improcedencia pronunciada en un momento de crispación del ánimo.
Luego supo Carandell que el teólogo Forcano había centrado su peritaje en la afirmación de cuán poco podía ofender a Dios la frase del acusado. Para más inri, el concejal de Alpedrete que había soltado el exabrupto era de Fuerza Nueva.
El peritaje de Carandell terminó cuando, a preguntas de la juez Carmena, se reafirmó en la idea de que difícilmente podía haber habido escándalo público (requisito imprescindible para tipificar el delito de blasfemia del artículo 239 del entonces vigente Código Penal -teniendo en cuenta el no infrecuente uso que, especialmente en zonas rurales, se hacía de la expresión que había sentado en el banquillo al concejal de Fuerza Nueva).
El fiscal, en el posterior interrogatorio a los testigos, trató de obtener si conseguirlo declaraciones de que la frase de referencia había sido proferida varias veces por el acusado con escándalo de los presentes. Con esto y la ulterior absolución del acusado acabó el insólito juicio.
Sirva esta simpática anécdota para reflexionar sobre las palabras BLASFEMIA, PROVOCACIÓN y REBELDÍA.
En pleno 2016, yo creo que provocación y rebeldía sería un exabrupto contra el Islam, que sí sería considerado blasfemia hasta por los que hoy en día justifican determinados arranques de malísima educación como justificados en basea a la larga historia de la Iglesia Católica en los últimos cuatro siglos, al parecer exclusivamente llena de oscuridades y sin ninguna luz. Pero hasta ellos conocen que lo verdaderamente rebelde y lo auténticamente provocativo habría sido sacarse las tetas en una mezquita, ya que saben que de todas las religiones del Libro, la única que defiende la lapidacion de mujeres, la ablación de niñas o el ajusticiamiento de homosexuales, o se constituye como identitaria e indivisible del Estado, no es ni el cristianismo ni el judaísmo, sino la otra.
Así que menos lobos, cachorrillos, que os faltan muchos hervores todavía para ponerle marco a la foto.

lunes, 1 de febrero de 2016

ESPAÑOLOGÍA DEL HORTERA Y DEL GILÍ

Hortera es una palabra que se aplica, en principio, mucho mejor que a ningún otro lugar a la sociedad madrileña, con su mezcla de valores preindustriales, señoriales, y el cambio hacia la vida cosmopolita que experimentó a lo largo del siglo XX.
Hasta bien entrado el siglo pasado el hortera era simplemente el dependiente de comercio, sobre todo de las tiendas de tejidos. Era una figura joven y atractiva, pues para su oficio debía mantener "hechura, garbo, gracia y vergüenza". Se trataba de una personificación del madrileño, por lo general bien vestido. De acuerdo con la fina observación de Concha Espina, los madrileños por la calle son "dueños de una cierta elegancia antigua, que no se observa en otras naciones; es un matiz aseñorado, un punto de gracia y distinción que trasciende en el irreprochable atavío de burgueses y oficinistas, hasta en su negligente paso, lento y rítmico al intenso resplandor meridional, como si nada perentorio les obligase a una marcha descompuesta y servil."
Con el tiempo, el vocablo hortera fue degenerando hasta comprender casi lo contrario de lo que al principio significaba. Al ser un dependiente de tiendas cuya clientela era acomodada o elegante, el hortera tuvo que extremar sus formas, su lenguaje, su atuendo, para no desentonar. En Madrid se resalta la figura del hortera letrado, que era el dependiente de comercio que leía mucho y hablaba con estudiada parsimonia y abuso retórico. Pero ese mismo esfuerzo resultaba falso y desde luego ridículo cuando el dependiente regresaba a su medio natural, el que resultaba proporcional a sus ingresos, más bien modestos. Baroja emplea la expresión "hortera de tienda de sedas" para referirse a la figura del dependiente de comercio satisfecho y petulante. Concreta más: "Allá en Bilbao hay hortera que gana cincuenta duros al mes y compra zapatos de quince para lucirse en la calle del Correo y que le tomen por marqués." Ya sabemos la importancia que los españoles le hemos dado siempre al calzado. La presión social tenía que condenar el desclasamiento, el quiero y no puedo de estos recién llegados a las clases medias.
Pronto se pasa a ridiculizar al hortera por su afectada indumentaria. Es el tipo humano que pierde el sentido de la medida; es el que bebe champán en las escenas amatorias, el que hace el ridículo en determinadas situaciones sociales. El desprecio por el hortera revela un uso social muy característico de la vida española. A saber, el culto a la apariencia. El hortera es EL QUE NO SABE APARENTAR BIEN. El nuevo rico tendrá mucho dinero, pero no puede compensar su falta de finura natural. Eso a lo que Aguilar Catena llamó "proceder como un hortera maleducado."
El modo de ser achacable a los horteras incluye el desprecio por el modo de hablar: frases hechas, cursis, relamidas. Es el lenguaje de horteras, barberillos, faquines (mozos de cuerda) y zapaterillos (dependientes de zapaterías) al que se refiere en su obra López Pinillos.
Hay una sin par presentación de la figura física del hortera con el pelo cortado a raíz, con bigote y andando con los pies en ángulo recto, a causa de las tablas del mostrador. Esa era la posición a la que le obligaba el trabajo de despachar muchas horas detrás del mostrador. No era precisamente una figura airosa. En el fondo del desprecio al hortera late el recelo general contra los comerciantes. Es una supervivencia de la mentalidad hidalga. Comprar y vender han sido siempre en la España Antigua ocupaciones poco honorables, incluso estigmatizadas. De ahí la asociación con los judíos.
Por su parte, la aristocracia, como clase distinta de la burguesía, fue siempre un cuerpo esencialmente madrileño también. No lo unifica tanto el linaje, el título, como el modo de vida. Es el grupo privilegiado que vive sin trabajar, de las renta (rentista). Poco a poco se va incorporando a la vida de los negocios, primero en el plano financiero. Se suma el ennoblecimiento de algunos prominentes burgueses por medio del matrimonio con hijas de la aristocracia, fenómeno que se dio en toda Europa. Todas las metáforas situaron a la aristocracia en la cúspide de una hipotética pirámide social. Se habló así de la crema, la espuma, el éter o la pomada de la sociedad. Pero a la aristocracia madrileña le adornaba un rasgo distintivo: el flamenquismo. Así Palacio Valdés nos habla de "las formas desenvueltas, la serenidad burlona, el desgarro" que caracterizaba sobre todo a algunas mujeres de alta cuna. Se podría tildar de plebeyismo, para culminar la acertada paradoja. 
La aristocracia debate continuamente la legitimidad de su función. Sus avatares son los de la monarquía, que entra en crisis en 1923 y desaparece en 1931. Es entonces cuando se redobla la discusión legitimadora de la aristocracia. Es conocida la tesis de José Antonio Primo de Rivera (él mismo un marqués de reciente cuño, por cierto) sobre el "magisterio de costumbres y refinamiento" que correspondía a la aristocracia. Esta tesis la transcribe muy bien un personaje de El sabor del pecado, de Manuel Bueno, quien se sentía vasco y españolista. Se trata precisamente de un relato que describe el ambiente aristocrático durante la crisis de 1931. El texto es un formidable alegato político: "Aburguesada sin detrimento de su dignidad ancestral, esta aristocracia no sólo no inspira recelos, sino que es considerada como un elemento educador de la sociedad, a la que asesora, discretamente, en materia de buen gusto y de elegancia mundana." La ironía del destino fue que el autor fue fusilado por los republicanos nada más iniciarse la Guerra Civil.
Fuera ya de la polémica política, lo que distingue sociológicamente a la aristocracia es su intensísima relación social. "Viven de invitarse o de no invitarse" (Ortega y Gasset), "toda la gente distinguida se ve por la mañana, por la tarde y por la noche. El gran entretenimiento de ellos no es presenciar óperas, dramas, pasear, andar en coche o bailar; la satisfacción es verse todos los días. Saber lo que hacen, descubrir el aspecto de una familia, su encumbramiento o su ruina, estudiarse, espiarse, observarse unos a otros" (Pío Baroja).
El carácter plebeyo, cuando no republicano, de muchos de los novelistas les lleva al tratamiento de la nobleza de una manera satírica o, por lo menos, ácida. La crítica a la aristocracia arranca y se centra en el fracaso de aquella misión ejemplarizante que decía Manuel Bueno. Es decir, se discute no tanto la legitimidad de su origen, como la de ejercicio. Sobre todo se hace notar la ausencia de mecenazgo, que pudo distinguir a la nobleza de otros tiempos. Véase este duro reproche de Insúa: "La high life española sentía horror del talento, desdén por los artistas... La Corte jamás protegía a un poeta, un literato o un filósofo... Los protegidos de la Corte se espigaban entre los mediocres y el previo plácet del valido eclesiástico o la recomendación jesuita."
Sobre el texto anterior cabe hacer un excurso lingüístico. La expresión high life (alta sociedad) se utilizaba mucho a principios del siglo XX. Como es natural, muchos la pronunciaban "gilí", que en caló es un despectivo (tonto, estúpido). La coincidencia de sonidos facilitaba la crítica de la alta sociedad. No deja de ser irónico que, para designar a la clase alta, se eche mano de un gitanismo.
La evolución de lo hortera y gilí a lo largo del siglo XX supuso, en principio, una exportación de Madrid al resto de provincias y, en segundo lugar, una democratización hacia clases sociales mucho más plebeyas.
El non plus ultra del horterismo se alcanzó a finales de los años 90, cuando manadas enteras de adocenados miembros de la clase obrera, ante el shock del crédito fácil y la influencia flatulenta del estímulo televisivo, se lanzaron en masa a consumir hipotecas, vehículos y bienes que estaban muy por encima de su preparación. Todos recordamos aquellos padres que llevaban a sus hijos al colegio público en todoterrenos, esos amigos que comían con la boca abierta y eructaban hasta ponerse verdes pero tenían un frigorífico especial para los vinos como si supiesen de otros caldos que los de su bilis, el meteorismo de los dúplex con nombres ostentosos (marquesado de tal, ducado de cual, el pazo de esto, residencial de lo otro) y, en zonas especialmente maltratadas por el complejo de inferioridad del provincialismo, la alusión constante a determinados colegios privados como carta credencial de una preparación por encima de la del resto de la piara (he estudiado en los franciscanos, yo foy a los maristas, soy del colegio del Pilar...) y, cómo no, a esos funcionarios de clase A (principalmente profesores de secundaria tras la catarsis de la huelga de 1988 que les redobló el salario y la holganza) que pasaron de repente a desposarse entre ellos y a vestir de Gucci, oler a Chanel, bolsear de Loewe, amueblar sus casas en Artespaña y pederse a las finas hierbas mientras ocultaban su oscuro pasado: que muchos eran hijos de emigrantes de la uva o de gentes del agro. Muchos empezaron con la tentación de una camiseta de jugar al tenis con un reptil cosido al pezón; el resto vino después. Pero por sus bocas se les sigue conociendo aún hoy.
Y es que, amigos míos, conforme todos nos volvimos gilís, lo hortera se adueñó de nuestras vidas. Y hasta la fecha.

domingo, 31 de enero de 2016

¿DE DÓNDE VIENE EL COLOR MORADO DE LA BANDERA REPUBLICANA?

Se podría contar mucho sobre sociedades secretas imbricadas en la España Negra, especialmente sobre algunas que causan espanto todavía hoy, aunque las actualidades televisivas nos hagan creer que ya no existen o que son legendarias. Hasta hace bien poco, el Ángel Exterminador se movía por nuestras calles. 
En la década de 1820, el Ángel Exterminador, o la Inquisición Secreta, que tal era su otro nombre, era una sociedad secreta absolutista cuyo máximo objetivo era la reinstauración del Tribunal del Santo Oficio en nuestro país. En una época convulsa como el siglo XIX, en el bando contrario, el liberal, también había sociedades antagonistas. De hecho, llegó a haber una guerra entre ambos bandos, los del Ángel Exterminador y los de la Sociedad de los Caballeros Comuneros, sus grandes enemigos, también terriblemente violentos. No era raro encontrar militantes de uno u otro bando en los callejones, desangrados, muertos, masacrados de diversas maneras, a navajazos o con disparos en el cuerpo. Además, los integrantes de la Sociedad de los Caballeros Comuneros se reunían en Madrid en el Café de Malta, cerca de la Puerta del Sol o en la Fontana de Oro, local que todavía existe y que dio título a una novela de Pérez Galdós. 
Si al Ángel Exterminador se le atribuye la ejecución con descuartizamiento y repartición entre el pueblo de los trozos de destacados enemigos, los Caballeros Comuneros tienen a su cargo la perpetración de diversas matanzas de frailes que hacían al grito de "Muera Cristo, viva Luzbel, muera don Carlos, viva Isabel". si bien el atentado más osado que cometieron fue el del capellán del rey, Matías de Vinuesa, que estaba en la cárcel porque había participado en un complot para devolverle el poder absoluto a Fernando VII y le habían condenado a diez años de cárcel. A los Comuneros no les pareció suficientemente dura la condena, así que asaltaron la cárcel y asesinaron al sacerdote a martillazos. Tan sonada y tan impune fue aquella acción que se vinieron arriba y a partir de entonces, a sus corbatas moradas añadieron alfileres y gemelos que llevaban un martillo. El color morado lo tomaban como identificativo en memoria del que blasonaba el pendón de los Comuneros de Castilla. Y precisamente cabe decir que el color morado de la bandera republicana viene precisamente de esa sociedad secreta.