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sábado, 27 de febrero de 2016

LOS REPTILIANOS: UN MITO MUY MODERNO

No es poca la literatura que gira en torno a que unos seres reptilianos procedentes de un ignoto mundo, el Planeta X o vaya usted a saber dónde, llegaron con sus naves espaciales a la Tierra, primero para explotar sus recursos naturales, después para perpetrar experimentos genéticos con los primeros homínidos y crear así al Homo Sapiens y, finalmente, para someternos y manejarnos a su albur. Afirman los eruditos del tema que en realidad somos sus esclavos, que ellos nos gobiernan en la sombra y que estamos a su merced. Eso y que es cuestión de tiempo que se manifiesten abiertamente para implantar el Nuevo Orden Mundial. Incluso no faltan quienes afirman que algunos ya están al frente del Fondo Monetario Internacional y del Club Bilderberg. Suelen estos seres inquietantes recibir el nombre de Anunnaki y consta que fueron los fundadores de las antiguas civilizaciones mesopotámicas. Según estos hachas de la Historiografía moderna, es tal la abundancia de pruebas irrefutables que sorprende que no nos hayamos percatado antes de su existencia, ya que templos acadios, asirios y babilónicos están cuajados de representaciones de seres antropomorfos de clarísimos rasgos reptiloides. Además, prueba de que se trata de un fenómeno global y garantizado es que en la antigua China ya se veneraba a los dragones, en la Creta Minoica había sacerdotisas que bailaban con reptiles en las manos, en el Ática hubo culto a ofidios... e incluso aztecas y mayas tenían dioses-serpiente.
Serpientes y más serpientes. Serpientes por todas partes, vaya. ¿Cómo explicar la omnipresencia de la veneración ofídica en todas las culturas si no? Bueno, en realidad hay dos explicaciones plausibles. La menos lógica es que las serpientes, por ser peligrosas, se asocian en cualquier cultura al mal (el diablo tentando a Eva). En cualquier cultura que las conozca, claro, porque los esquimales no las tienen en cuenta. Es un hecho etnológico que las sociedades siempre desplazarán la carga negativa de su repertorio de fobias hacia puntos y seres desagradables y, siendo evidente que a los mamíferos nos disgustan insectos y reptiles porque no pertenecen a nuestro orden animal y por eso generalmente no los comemos, no es raro que las serpientes ocupen un lugar inquietante en nuestros mitos. Otra explicación es la ya ofrecida de los Anunnaki, mucho más lógica al parecer.
Pero a poco que analicemos los entresijos del tema, el mito se desmorona como un azucarillo en agua. No, amigos, los reptilianos, que parece que siempre estuvieron ahí, no tienen ni cincuenta años de vida en nuestro repertorio de atavismos.
Sin embargo su verdadera historia es mucho más interesante que la oficial.
En 1855, unos científicos descubren en Norteamérica el fósil de un bicho muy inquietante que vivía alegremente entre dinosaurios, allá por el Cretácico superior. Era bípedo, como los velocirráptores; tenía visión frontal, como los mamíferos, y capacidad prensil con las extremidades superiores, como los homínidos. Pero es que además tenía plumas, como los pollos, y también garras poderosas, dientes afiladísimos, fortísimas patas traseras... ¡y dos metros de envergadura! Era el depredador perfecto. Lo llamaron Trodoon y entendieron que explicaría de algún modo que, grosso modo, las aves son descendientes de los dinosaurios.
Cada vez que el ser humano realiza hallazgos que solucionan sus lagunas de conocimiento, no es extraño que un grupo de intelectuales tomen las ideas subyacentes dentro de esos descubrimientos para desarrollar sus propias fantasías artísticas. Ocurrió con El origen de las especies de Darwin, que llenó la prensa londinense de monos tricotando, y también sucedió con el hallazgo el Trodoon. Cabe recordar que el XIX fue el siglo de los grandes avances científicos y que el maquinismo y los constantes descubrimientos en todos los campos inspiraron a artistas de toda índole, tanto en la nostalgia por tiempos más sencillos y legendarios (el Romanticismo) como en la ilusión por lo que el futuro nos podría deparar con la electricidad y sus posibilidades. Surge así El pueblo del polo, una novela de Charles Derennes muy en la línea de Julio Verne, que bebía de dos manantíos muy sugestivos. Igual que el aragonés Enrique Gaspar y Rimbau se adelantó a H.G. Wells en los viajes en el tiempo, Derennes hizo lo propio con respecto a Edgar Rice Burroughs en eso de inventarse inteligencias no humanas que interactuaban con el ser humano. Básicamente, su novela nos cuenta cómo una expedición llega al Polo Norte en dirigible y entra en contacto con una civilización de seres reptiloides que vivían allí escondidos bajo el hielo. La idea del viaje aerostático la tomó el francés de una expedición sueca fallida que había tenido lugar en 1897 y la de los reptiles evolucionados, del Trodoon norteamericano (si un dinosaurio había evolucionado hacia el ave, ¿podía otro dinosaurio evolucionar hacia un antropomorfo inteligente?).
Dale Russell retomó la idea a principios de los años 80 desde un punto de vista mucho más científico y se preguntó qué habría pasado con el Trodoon si no se hubiese extinguido y llegó a la hipótesis del Dinosauroide. El planteamiento no era en absoluto disparatado y fue revolucionario: la civilización no derivaría tanto de la capacidad de pensar como de la de manipular, construir o hacer cosas. Seres inteligentes como los delfines o las ballenas no han podido evolucionar hacia sociedades complejas porque una inteligencia sin bipedismo, visión frontal y capacidad prensil resta posibilidades. Sin embargo, si el saurio depredador que, al igual que el hombre, ya tenía mirada frontal y capacidad prensil, hubiese evolucionado unos millones de años más, ¿por qué no podría haber desarrollado su cerebro y evolucionado hacia un ser bípedo civilizado? 
Nuestro chovinismo antropomorfista no es caprichoso: somos el resultado de una lenta y perfecta evolución. Es cierto que para que a una inteligencia le demos un cierto valor, ésta tiene que ser parecida a nosotros porque sus especímenes tienen que adquirir nuestras cualidades de cazador-depredador. La vista frontal nos permite calcular distancias y sincronizar puntería y movimientos; el bipedismo nos deja libres las extremidades superiores; la capacidad prensil nos permite la sujección de objetos, pero también su manipulación. La lenta evolución que nos adapta al entorno ha de hacer el resto.
Fue tal el calado del planteamiento del doctor Russell, quien llegó a fomentar exposiciones en las que mostró al mundo unos saurios de estación vertical cazando y recolectando por las sabanas de África, que Hollywood no tardó en interesarse por sus teorías. Y de ahí salió la serie más inquietante de la historia de la televisión que vino a llenar una laguna cultural existente entre la sociología de los extraterrestres y la necesidad de que fuesen lo suficientemente distintos a nosotros como para plantear conflictos de intereses. La peligrosidad siempre radica en dos factores: una superioridad evidente, intelectual o tangible, y una diferencia física apreciable y terrorífica. V, con sus reptilianos altotecnológicos ocultándose bajo una apariencia humana para hacer de la Tierra una granja, acaparó todos los paradigmas culturales de la conspiración extraterrestre.
Sin duda, el éxito más notable de la creación de criaturas sobrenaturales del siglo XX fue esta serie. El reptilianismo creó, a partir de la misma, toda una tendencia que no existía en décadas anteriores salvo, acaso, por el libro arriba mencionado de Charles Derennes y quizás por otra novela de Edwar Bulwer Lytton, autor de Los últimos días de Pompeya, quien escribió La raza venidera, una obra con muchos tintes arios e hinduistas en la que una raza subterránea de reptilianos suplantaba al ser humano. De hecho, los autores de V se basaron en ambas novelas para evocar esa civilización de militares extraterrestres con estética nazi que venían a dominar la Tierra y a convertirnos en el ingrediente principal de sus Máster Chefs. La resaca sociológica de la Segunda Guerra Mundial (que todavía nos dura), la necesidad de buscar un nuevo y temible enemigo antropomorfo en la ficción (los extraterrestres convencionales de los 60 se habían vuelto hippies y sólo hablaban de paz y amor mientras nos prevenían sobre los peligros de la energía atómica) y nuestra monótona y previsible estructura de pensamiento hicieron el resto.
En breve hablaremos de la iconografía del mal y de cómo la acabamos desnatando siempre y por sistema. Sirva de anticipo afirmar aquí que el futuro inmediato de los reptilianos es, sin duda, convertirse en seres entrañables y divertidos como ya ha ocurrido con los demonios, los elfos y los alienígenas cabezones. Al tiempo.

miércoles, 24 de febrero de 2016

ESPAÑOLOGÍA DE LA CASTA

Pues es que resulta que es una palabra castellana. Castellana española. Española peninsular. Autóctona y exportable, vaya. Merecía la pena dedicarle una españología a nuestra actualísima amiga la casta. Resulta que Joan Coromines, en su Diccionario Crítico Etimológico de la lengua castellana (Madrid 1954), defiende para la palabra de marras un origen germánico. Otros autores, los más, se inclinan por una derivación del latín. Y tiene su lógica. Acaso la casta tenga que ver con vocablos latinos como castus y castitas. La palabra castus, además de una significación en términos amatorios y por lo tanto biológicos, y de que se relacione con el pudor y la castidad (castitas, sobre todo en la mujer), tiene una acepción ética (de pureza, integridad, virtud) y las dos se unen a otra acepción, religiosa, que hace que lo casto sea sinónimo de pío y santo. Justamente, todos estos valores andan asociados al perfilarse la noción de casta en lengua castellana o portuguesa y aun en otras peninsulares, incorporándose incluso al euskera, que ya a principios del siglo XX, en los pueblos de la frontera de Navarra y Francia por la parte del Bidasoa, a los carabineros y a sus familiares se les llamaba ELTZETZUAK (los del puchero - ELTZIA) y se aludía a los mismos como ELTZETZU KASTA. De la misma época es el tan usado y nada peyorativo término "castizo" en los Madriles.
Habría que indicar que, cuando en español o portugués, se hace referencia a la casta, la hay, unas veces, implícita, a cierta calidad buena o a una falla del linaje o del fruto de éste, sea vegetal o animal. Y, así, se habla de una buena o mala casta. Por lo que PODEMOS afirmar que la palabra CASTA no es, en sí, peyorativa, si la utilizan personas que saben qué idioma manejan (o qué intenciones gestionan).
Mas, por otra parte, el concepto de que la casta es algo que se transmite por herencia, referido a los hombres, y tan manido entre los totalitarismos, se une a la noción de que herencia semejante se funda en peculiares antecedentes religiosos de los mismos hombres, los cuales son los que hacen que se produzca la bondad, la superioridad en unos casos, y la inferioridad y la maldad en otros. Dicho más claro: cuando aludimos a una casta en tono despectivo es sistemáticamente porque entendemos que nosotros somos otra casta, la buena.
Se explica así que los portugueses, cuando se encontraron frente a la organización social de la India, que es única en el mundo, que no es susceptible de ser equiparada a otra alguna, caracterizaran el enorme sistema de que era difícil dar descripción justa, utilizando la palabra "casta" que es la que podía hacer referencia global a lo más parecido que conocían. Y si bien la palabra resulta adecuada como adjetivo, al describir los grupos sociales de aquel país, resulta dificultoso utilizarla como un nombre sustantivo. Y sin embargo es lo que se hace. Desde 1516 la usan los portugueses con este fin y, detrás de ellos, los españoles, italianos, franceses, ingleses y alemanes.
Resulta, pues, importantísimo reafirmar que la palabra CASTA tiene un origen peninsular, que no es fortuita su adopción por pueblos que luego han tenido mucho trato con la India, como los ingleses, y que el uso peyorativo implica siempre, siempre, siempre la aceptación de que el hablante pertenece a otra superior, de índole más bien religiosa o mística, como los arios que votaban a Hitler, vaya.
Pues eso.

lunes, 22 de febrero de 2016

ESPAÑOLOGÍA DE GALENOS: EL DOCTOR VELASCO

Releyendo las memorias inacabadas de mi tío tatarabuelo, el premio Nobel de Literatura don Jacinto Benavente, encuentro una alusión a un hecho luctuoso que resulta un buen ejemplo dentro del inmenso anecdotario de la España negra de finales del siglo XIX. Creo que merece la pena contarlo.
El padre de don Jacinto fue un prestigioso galeno murciano que prestaba sus servicios en la capital como pediatra tanto entre la gente más pudiente como entre la más humilde e incluso los niños abandonados en orfanatos. Era tal su fama y buen hacer que sus colegas de profesión no dudaban en consultarle en todo lo relativo a la salud de sus propios hijos. Tal ocurrió cuando Conchita, la hija del doctor anatomista, don Pedro González Velasco, íntimo amigo de la familia Benavente, padeció unas fiebres tifoideas. Don Mariano, el patriarca de los Benavente, le prescribió a la niña un reposo absoluto y al padre mucha paciencia. No obstante, al doctor González Velasco, no pareciendole el tratamiento suficiente y con don Mariano muy en contra de su criterio, decidió suministrarle a Conchita unos fuertes purgantes que le provocaron una hemorragia interna y la llevaron directamente a la tumba. El padre de don Jacinto, roto de dolor, aunque no tanto como su colega, no se atrevió a discutir más con su compañero y amigo. El otro, devastado por la pérdida, nunca volvió a frecuentar la amistad de don Mariano, más por vergüenza por no haber confiado en él que por orgullo.
El caso es que, y aquí viene lo escabroso, el doctor, enloquecido totalmente por el dolor, pidió que se embalsamase el cuerpo de su hija, lo que dio lugar a un montón de rumores en aquel Madrid decimonónico que involucraron no sólo al padre sino también al prometido de la tal Conchita. 
Se comentaba que el doctor Velasco encargaba vestidos y joyas para su difunta niña, que la sentaba a la mesa en las comidas e, incluso, y esto es lo más truculento, se llegó a afirmar que el doctor Velasco junto con el doctor Núñez, a la sazón el prometido de Conchita, la sacaban de paseo todas las noches en un carruaje. Y así hasta que el padre de la muchacha falleció, momento en que da comienzo una nueva leyenda en torno a los restos de esta muchacha que, en teoría, fueron enterrados junto a los de su padre en el cementerio de San Isidro. 
Sin embargo, se dice, se cuenta, se comenta, que el doctor Núñez, prometido de Conchita, que tampoco había superado su prematura muerte, se quedó con la momia y se la llevó consigo a la facultad de medicina de la Universidad Complutense de Madrid. Y si bien estos hechos no están comprobados oficialmente, sí que hay un dato curioso que merece la pena destacar. Resulta que en dicha facultad hay una sala en la que se conservan cuerpos para los estudios anatómicos del alumnado y se afirma que, entre ellos, existe la momia de una joven, una mujer de pequeño tamaño, que, desde siempre, doctores y estudiantes que allí trabajan han llamado "la hija del doctor Velasco", y como tal está etiquetada, no sabemos si en broma o en serio. En cualquier caso se cuenta que, cuando murió el padre de Conchita, su prometido, el doctor Núñez, cogió el cuerpo momificado y se lo llevó a la facultad, donde lo mantuvo semioculto. Incluso, alumnos del doctor Núñez llegaron a afirmar que éste bajaba de vez en cuando a la sala en cuestión y que allí pasaba largas horas; eso y que cuando abandonaba el lugar, lo hacía consternado y con los ojos congestionados como de haber estado llorando. 

viernes, 19 de febrero de 2016

CONTROL DE IDEAS Y LIBERTAD DE EXPRESIÓN EN UNA CATETOCRACIA


El himno de la República Democrática Alemana se llamaba "Renaciendo entre las ruinas". Y si bien ambas Alemanias han terminado poco más o menos por renacer de las cenizas, con el alguacilazgo de mandarines de la moneda única (léase Kohl) y walkirias claustrales (ya sabemos a quién me refiero), la Oriental cayó en la más absoluta ruina moral y ética.
En 1950 se creó la Stasi (Ministerio de Seguridad del Estado), posiblemente el órgano represivo más eficaz, duro y despiadado de todos los tiempos. Un órgano que duró 40 años. El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro de Berlín, pero la Stasi no desapareció hasta el año siguiente.
La Stasi sabía qué marca de tabaco fumaba cada ciudadano de la RDA, cuál era su comida favorita, quiénes eran sus amigos y sus enemigos, sus gustos sexuales... y todo ello porque había una red de amigos, familiares, vecinos, encargados de informar puntualmente al ministerio (los llamados IM o Colaboradores Confidenciales). Sumaban 300.000 (uno por cada cincuenta alemanes del Este); se dedicaban a pasar puntualmente, día a día, semana tras semana, informes sobre sus compañeros de trabajo, vecinos, familiares, amigos. Todos esos informes se tabulaban en la sede del ministerio.
Cada ciudadano tenía su expediente, que en caso de ser necesario, estaba a disposición de los funcionarios gubernamentales. Así, cada ciudadano fue clasificado en función de sus gustos, preferencias políticas o sexuales, culto, cultura, aficiones, etc... Incluso, cuando la policía llamaba a los ciudadanos a un interrogatorio, los sentaba en asientos sobre los cuales eran depositados unos trapos húmedos que "capturaban" el olor corporal de las personas por si era necesario utilizar a los perros para perseguirlos.
Afortunadamente esos tiempos han pasado y ahora nadie puede clasificar a nadie con tanta facilidad, si hacemos la salvedad de Internet, claro, y el rastro que dejamos en nuestras navegaciones por el ciberespacio así como esos tests simpáticos que nos proponen averiguar lúdicamente qué princesa Disney somos o qué personaje de Juego de Tronos nos corresponde. Sin duda, y como decía la zarzuela, hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad, y ya no es necesario amedrentar al ciudadano ni hacer que se sienta sometido a una dictadura para conocer absolutamente todo sobre él o ella. Llegado el caso, arribado el momento, grandes bases de datos, altotecnológicas siempre al servicio de esos depredadores disfrazados de demócratas y sus generales, harán con un "click" su trabajo para reprimirnos, exterminarnos, reclutarnos o someternos. Ya no hace falta meternos miedo para que agachemos la cabeza (la llevamos agachada a diario con el smartphone). Tampoco es preciso amenazarnos para que delatemos a nadie (sobra con facilitarnos el acceso a internet, pues nuestro egocentrismo y vanidad hará el resto). Ya no hay tarros ni estanterías kilométricas. Tampoco opinión (creemos que opinamos, pero otros ya decidieron por nosotros el punto de vista que debemos adoptar). Hemos llegado a los mundos temidos/imaginados por Huxley, Orwell, Bradbury y otros... que temían (fíjate tú) la amenaza del nazismo y el comunismo. Bueno, pues ahora resulta que no eran necesarios. Con el "panem et circenses" romano sobraba: sólo había que adaptarlo a los tiempos. Por eso debemos desconfiar de aquellos que quieren ayudar a formar gobiernos y, tras haber clamado por determinada estandartología social, ahora andan pidiendo ministerios insólitos. ¿El ministerio del tiempo, quizás? Ayayayayayyyyyyyyy
Nota: podéis visitar el museo de la Stasi en la calle de los Normandos de Berlín si tenéis ocasión. Tras sus muros hay 180 kilómetros de expedientes de ciudadanos de la antigua RDA.

martes, 16 de febrero de 2016

MANUELA CARMENA, UN CATALÁN CACHONDO Y LA ESPAÑOLOGÍA DE LA BLASFEMIA

Cuenta Luis Carandell en uno de sus magníficos recopilatorios de anécdotas que allá por abril de 1982 recibió una carta del abogado Miguel Cid Cebrián anunciándole que le había propuesto como perito, en su condición de escritor, para un juicio por blasfemia. La vista debía celebrarse en el juzgado de San Lorenzo de El Escorial y el procesado era un concejal de Alpedrete, un pueblo de la sierra de Madrid. Adjunta, el letrado le enviaba al periodista barcelonés las diligencias del Ministerio Fiscal en las que se narraban los hechos. El tema venía a ser que, celebrando el Ayuntamiento de Alpedrete sesión pública en fecha tal y cual, se originó una discusión entre dos concejales durante la cual uno de ellos, el acusado, se levantó y a voces dijo "me c*** en Dios", frase que provocó la inmediata y airada reacción de los allí presentes, lo que obligó al alcalde a suspender la sesión y requerir el auxilio de la Guardia Civil par despejar el salón de plenos.
El abogado había designado a otros dos peritos para el mismo juicio y propósito: el sociólogo Francisco Álvarez Alonso Torrens y el teólogo Benjamín Forcano. En el día y hora señalados acudieron los tres, igual que lo hicieron los testigos, y fueron llamados uno a uno a presencia de la señora juez de San Lorenzo de El Escorial, una de las primeras mujeres que llegaron en España a ejercer la judicatura, doña Manuela Carmena, quien ya era conocida en los medios porque había pertenecido al famoso despacho de abogados de la calle de Atocha, de tan triste recuerdo. Revestida ahora de la autoridad, bajo el gran tapiz con las balanzas de la Justicia, se disponía doña Manuela a juzgar un supuesto delito de blasfemia promovido por el Ministerio Público.
Carandell, don Luis, fue el último de los peritos en ser llamado para hacer su expertizaje, por lo que no oyó los de Torrens y Forcano, aunque sí las declaraciones de los testigos llamados a continuación. Apenas comenzó su comparecencia, el abogado defensor, Cid Cebrián, le preguntó después de pedir la venia a la juez:
-Señor perito, ¿conoce usted el motivo por el cual el Ministerio Público procesó al acusado?
-Lo conozco, señor letrado.
-En este caso sabe usted, señor perito, que la frase que el acusado pronunció y que el señor fiscal considera como constitutiva de delito de blasfemia fue "me c**** en Dios"
El fiscal protestó:
-La pregunta es improcedente, señoría. Ruego que conste en acta mi protesta.
La juez, que hasta el momento había permanecido en silencio, respondió:
-No es improcedente, señor fiscal.
Y dirigiéndose a Carandell, le dijo:
-Por lo tanto, queda claro que usted, señor perito, sabe que de lo que el Ministerio Fiscal acusa al señor concejal de Alpedrete es de hacer dicho, durante la sesión del consistorio cuya fecha consta en diligencias, la frase "me c*** enDios"?
Refiere Luis Carandell en su anecdotario  que durante el peritaje tanto el abogado de la defensa como la propia juez recordaron al señor fiscal no pocas veces, ante sus protestas, la frase malsonante que él como perito estaba llamado a valorar. Basó el periodista barcelonés su expertizaje en la idea de que siendo España un país de honda tradición religiosa, el nombre de Dios era con frecuencia mencionado e invocado en el lenguaje coloquial. No solamente se dice, en efecto, "si Dios quiere", "gracias a Dios", "vaya usted con Dios" o "Dios mediante", sino que también el nombre del Sumo Hacedor surge en frases aparentemente menos respetuosas aunque igualmente inocuas, tales como "que venga Dios y lo vea", "no hay Dios que haga tal cosa", "no ha venido ni Dios" o "está como Dios".
En el tipo de expresiones que el fiscal juzgaba como blasfema, continuó razonando don Luis como perito, que son frases hechas que, si bien deben considerarse sin duda malsonantes, no pueden constituir blasfemias en el sentido del código porque el que las pronuncia no da jamás a la frase un significado literal ni piensa en ningún momento en el nominal destinatario de la improcedencia pronunciada en un momento de crispación del ánimo.
Luego supo Carandell que el teólogo Forcano había centrado su peritaje en la afirmación de cuán poco podía ofender a Dios la frase del acusado. Para más inri, el concejal de Alpedrete que había soltado el exabrupto era de Fuerza Nueva.
El peritaje de Carandell terminó cuando, a preguntas de la juez Carmena, se reafirmó en la idea de que difícilmente podía haber habido escándalo público (requisito imprescindible para tipificar el delito de blasfemia del artículo 239 del entonces vigente Código Penal -teniendo en cuenta el no infrecuente uso que, especialmente en zonas rurales, se hacía de la expresión que había sentado en el banquillo al concejal de Fuerza Nueva).
El fiscal, en el posterior interrogatorio a los testigos, trató de obtener si conseguirlo declaraciones de que la frase de referencia había sido proferida varias veces por el acusado con escándalo de los presentes. Con esto y la ulterior absolución del acusado acabó el insólito juicio.
Sirva esta simpática anécdota para reflexionar sobre las palabras BLASFEMIA, PROVOCACIÓN y REBELDÍA.
En pleno 2016, yo creo que provocación y rebeldía sería un exabrupto contra el Islam, que sí sería considerado blasfemia hasta por los que hoy en día justifican determinados arranques de malísima educación como justificados en basea a la larga historia de la Iglesia Católica en los últimos cuatro siglos, al parecer exclusivamente llena de oscuridades y sin ninguna luz. Pero hasta ellos conocen que lo verdaderamente rebelde y lo auténticamente provocativo habría sido sacarse las tetas en una mezquita, ya que saben que de todas las religiones del Libro, la única que defiende la lapidacion de mujeres, la ablación de niñas o el ajusticiamiento de homosexuales, o se constituye como identitaria e indivisible del Estado, no es ni el cristianismo ni el judaísmo, sino la otra.
Así que menos lobos, cachorrillos, que os faltan muchos hervores todavía para ponerle marco a la foto.

lunes, 1 de febrero de 2016

ESPAÑOLOGÍA DEL HORTERA Y DEL GILÍ

Hortera es una palabra que se aplica, en principio, mucho mejor que a ningún otro lugar a la sociedad madrileña, con su mezcla de valores preindustriales, señoriales, y el cambio hacia la vida cosmopolita que experimentó a lo largo del siglo XX.
Hasta bien entrado el siglo pasado el hortera era simplemente el dependiente de comercio, sobre todo de las tiendas de tejidos. Era una figura joven y atractiva, pues para su oficio debía mantener "hechura, garbo, gracia y vergüenza". Se trataba de una personificación del madrileño, por lo general bien vestido. De acuerdo con la fina observación de Concha Espina, los madrileños por la calle son "dueños de una cierta elegancia antigua, que no se observa en otras naciones; es un matiz aseñorado, un punto de gracia y distinción que trasciende en el irreprochable atavío de burgueses y oficinistas, hasta en su negligente paso, lento y rítmico al intenso resplandor meridional, como si nada perentorio les obligase a una marcha descompuesta y servil."
Con el tiempo, el vocablo hortera fue degenerando hasta comprender casi lo contrario de lo que al principio significaba. Al ser un dependiente de tiendas cuya clientela era acomodada o elegante, el hortera tuvo que extremar sus formas, su lenguaje, su atuendo, para no desentonar. En Madrid se resalta la figura del hortera letrado, que era el dependiente de comercio que leía mucho y hablaba con estudiada parsimonia y abuso retórico. Pero ese mismo esfuerzo resultaba falso y desde luego ridículo cuando el dependiente regresaba a su medio natural, el que resultaba proporcional a sus ingresos, más bien modestos. Baroja emplea la expresión "hortera de tienda de sedas" para referirse a la figura del dependiente de comercio satisfecho y petulante. Concreta más: "Allá en Bilbao hay hortera que gana cincuenta duros al mes y compra zapatos de quince para lucirse en la calle del Correo y que le tomen por marqués." Ya sabemos la importancia que los españoles le hemos dado siempre al calzado. La presión social tenía que condenar el desclasamiento, el quiero y no puedo de estos recién llegados a las clases medias.
Pronto se pasa a ridiculizar al hortera por su afectada indumentaria. Es el tipo humano que pierde el sentido de la medida; es el que bebe champán en las escenas amatorias, el que hace el ridículo en determinadas situaciones sociales. El desprecio por el hortera revela un uso social muy característico de la vida española. A saber, el culto a la apariencia. El hortera es EL QUE NO SABE APARENTAR BIEN. El nuevo rico tendrá mucho dinero, pero no puede compensar su falta de finura natural. Eso a lo que Aguilar Catena llamó "proceder como un hortera maleducado."
El modo de ser achacable a los horteras incluye el desprecio por el modo de hablar: frases hechas, cursis, relamidas. Es el lenguaje de horteras, barberillos, faquines (mozos de cuerda) y zapaterillos (dependientes de zapaterías) al que se refiere en su obra López Pinillos.
Hay una sin par presentación de la figura física del hortera con el pelo cortado a raíz, con bigote y andando con los pies en ángulo recto, a causa de las tablas del mostrador. Esa era la posición a la que le obligaba el trabajo de despachar muchas horas detrás del mostrador. No era precisamente una figura airosa. En el fondo del desprecio al hortera late el recelo general contra los comerciantes. Es una supervivencia de la mentalidad hidalga. Comprar y vender han sido siempre en la España Antigua ocupaciones poco honorables, incluso estigmatizadas. De ahí la asociación con los judíos.
Por su parte, la aristocracia, como clase distinta de la burguesía, fue siempre un cuerpo esencialmente madrileño también. No lo unifica tanto el linaje, el título, como el modo de vida. Es el grupo privilegiado que vive sin trabajar, de las renta (rentista). Poco a poco se va incorporando a la vida de los negocios, primero en el plano financiero. Se suma el ennoblecimiento de algunos prominentes burgueses por medio del matrimonio con hijas de la aristocracia, fenómeno que se dio en toda Europa. Todas las metáforas situaron a la aristocracia en la cúspide de una hipotética pirámide social. Se habló así de la crema, la espuma, el éter o la pomada de la sociedad. Pero a la aristocracia madrileña le adornaba un rasgo distintivo: el flamenquismo. Así Palacio Valdés nos habla de "las formas desenvueltas, la serenidad burlona, el desgarro" que caracterizaba sobre todo a algunas mujeres de alta cuna. Se podría tildar de plebeyismo, para culminar la acertada paradoja. 
La aristocracia debate continuamente la legitimidad de su función. Sus avatares son los de la monarquía, que entra en crisis en 1923 y desaparece en 1931. Es entonces cuando se redobla la discusión legitimadora de la aristocracia. Es conocida la tesis de José Antonio Primo de Rivera (él mismo un marqués de reciente cuño, por cierto) sobre el "magisterio de costumbres y refinamiento" que correspondía a la aristocracia. Esta tesis la transcribe muy bien un personaje de El sabor del pecado, de Manuel Bueno, quien se sentía vasco y españolista. Se trata precisamente de un relato que describe el ambiente aristocrático durante la crisis de 1931. El texto es un formidable alegato político: "Aburguesada sin detrimento de su dignidad ancestral, esta aristocracia no sólo no inspira recelos, sino que es considerada como un elemento educador de la sociedad, a la que asesora, discretamente, en materia de buen gusto y de elegancia mundana." La ironía del destino fue que el autor fue fusilado por los republicanos nada más iniciarse la Guerra Civil.
Fuera ya de la polémica política, lo que distingue sociológicamente a la aristocracia es su intensísima relación social. "Viven de invitarse o de no invitarse" (Ortega y Gasset), "toda la gente distinguida se ve por la mañana, por la tarde y por la noche. El gran entretenimiento de ellos no es presenciar óperas, dramas, pasear, andar en coche o bailar; la satisfacción es verse todos los días. Saber lo que hacen, descubrir el aspecto de una familia, su encumbramiento o su ruina, estudiarse, espiarse, observarse unos a otros" (Pío Baroja).
El carácter plebeyo, cuando no republicano, de muchos de los novelistas les lleva al tratamiento de la nobleza de una manera satírica o, por lo menos, ácida. La crítica a la aristocracia arranca y se centra en el fracaso de aquella misión ejemplarizante que decía Manuel Bueno. Es decir, se discute no tanto la legitimidad de su origen, como la de ejercicio. Sobre todo se hace notar la ausencia de mecenazgo, que pudo distinguir a la nobleza de otros tiempos. Véase este duro reproche de Insúa: "La high life española sentía horror del talento, desdén por los artistas... La Corte jamás protegía a un poeta, un literato o un filósofo... Los protegidos de la Corte se espigaban entre los mediocres y el previo plácet del valido eclesiástico o la recomendación jesuita."
Sobre el texto anterior cabe hacer un excurso lingüístico. La expresión high life (alta sociedad) se utilizaba mucho a principios del siglo XX. Como es natural, muchos la pronunciaban "gilí", que en caló es un despectivo (tonto, estúpido). La coincidencia de sonidos facilitaba la crítica de la alta sociedad. No deja de ser irónico que, para designar a la clase alta, se eche mano de un gitanismo.
La evolución de lo hortera y gilí a lo largo del siglo XX supuso, en principio, una exportación de Madrid al resto de provincias y, en segundo lugar, una democratización hacia clases sociales mucho más plebeyas.
El non plus ultra del horterismo se alcanzó a finales de los años 90, cuando manadas enteras de adocenados miembros de la clase obrera, ante el shock del crédito fácil y la influencia flatulenta del estímulo televisivo, se lanzaron en masa a consumir hipotecas, vehículos y bienes que estaban muy por encima de su preparación. Todos recordamos aquellos padres que llevaban a sus hijos al colegio público en todoterrenos, esos amigos que comían con la boca abierta y eructaban hasta ponerse verdes pero tenían un frigorífico especial para los vinos como si supiesen de otros caldos que los de su bilis, el meteorismo de los dúplex con nombres ostentosos (marquesado de tal, ducado de cual, el pazo de esto, residencial de lo otro) y, en zonas especialmente maltratadas por el complejo de inferioridad del provincialismo, la alusión constante a determinados colegios privados como carta credencial de una preparación por encima de la del resto de la piara (he estudiado en los franciscanos, yo foy a los maristas, soy del colegio del Pilar...) y, cómo no, a esos funcionarios de clase A (principalmente profesores de secundaria tras la catarsis de la huelga de 1988 que les redobló el salario y la holganza) que pasaron de repente a desposarse entre ellos y a vestir de Gucci, oler a Chanel, bolsear de Loewe, amueblar sus casas en Artespaña y pederse a las finas hierbas mientras ocultaban su oscuro pasado: que muchos eran hijos de emigrantes de la uva o de gentes del agro. Muchos empezaron con la tentación de una camiseta de jugar al tenis con un reptil cosido al pezón; el resto vino después. Pero por sus bocas se les sigue conociendo aún hoy.
Y es que, amigos míos, conforme todos nos volvimos gilís, lo hortera se adueñó de nuestras vidas. Y hasta la fecha.